La expatriación suele asociarse con la aventura, el descubrimiento y nuevas oportunidades. Y aunque puede ser una experiencia profundamente enriquecedora, en consulta observo a veces, detrás del entusiasmo de la partida, otra realidad mucho menos visible: la del agotamiento. Cuando recibo a expatriados, algunos me hablan de un cansancio que no desaparece, de una irritabilidad inusual, de una sensación de desfase o incluso de la impresión de no ser ellos mismos. También compruebo, en ocasiones, que este sufrimiento nunca es totalmente individual. De hecho, en la expatriación, cuando uno de los padres flaquea, suele ser toda la familia la que debe adaptarse.